Ushuaia –el puto fin del mundo–, agosto 2010.

 

Llevábamos ya varias semanas de viaje juntos, llegar a Ushuaia a pesar del invierno era una meta compartida, lo que nos había juntado en un principio –el gusto por el whisky y buen café además de un buen nivel de sarcasmo complementaban la relación.

5222977516_f320df75ba_b El primer día en el pueblo decidimos pasarlo tranquilo. Las más de cuarenta horas de camino en autobús desde Bariloche habían sido fulminantes, queríamos subirnos a un barco que recorriera las islas al sur y en él, llegar al faro. Por la noche una buena cena y poco más. Pero para el día siguiente teníamos preparado ir al Parque Nacional de Tierra del Fuego, un parque que entre pantanos, prados y fiordos rodea bahía Lapataia, final de la mítica Ruta Nacional número 3, que cruza Argentina de norte a sur; desde Buenos Aires hasta justo aquí: el sur. Un parque enorme y muy importante, que además, es mitad Argentina, mitad Chile.

Queríamos salir temprano, caminar todo el día y con esto, llegar lo más al sur posible. Investigamos cómo llegar y resultó que lo más sencillo era contratar un guía, éste podía ir con nosotros todo el tiempo o sólo llevarnos y traernos del parque (por la mitad de dinero). Optamos por lo segundo.

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Charly fue nuestro guía. Gran tipo; buena plática, divertido y conocía increíblemente bien tanto la historia como la geografía de Tierra del Fuego. Durante los casi 30 kilómetros que hay entre la ciudad de Ushuaia y la entrada al parque, nos iba explicando y sugiriendo qué senderos tomar, cuáles evitar por el invierno. Nos recomendó, recuerdo, desconfiar del hielo, «no está bien hecho aún» decía. Tras pasar la caseta de vigilancia y registrarnos como visitantes, llegamos a la explanada principal y allí nos repitió los mismos consejos, pero ahora señalando cada zona que mencionaba. «Nos vemos a las 5 de la tarde en este mismo punto, puntuales por favor» nos dijo como despedida, para dándose la vuelta, regresar a la ciudad.

El trecking en el parque es increíble, amplio, con montañas y prados al norte, el mar al sur. En algún momento nos detuvimos a comer cualquier cosa que trajéramos en la mochila. A media tarde (sol de invierno muy al sur) saqué el iPhone para ver la hora. 3:30pm, teníamos que empezar a regresar. Habían dos opciones: desandar el rodeo al último pantano, unos 2 ó 3 kilómetros o, cruzarlo por un arroyo cuya parte más angosta eran unos 10 metros. Parecía suficientemente bajo para sólo mojarnos hasta las rodillas. Fui primero, buscando pisar piedras o islotes de pasto para no quedar atorado. En efecto, era bajo y bastante fácil de andar. Pero no tomé en cuenta los animales. Tras cruzar, encontré que tenía unos gusanos pegados en la pantorrilla, no sabía qué eran exactamente pero los traté como sanguijuelas, por lo que acercándoles un cigarro prendido los iba sacando. Y luego –recuerdo que alguna vez mi padre pasó por las mismas– quemar donde estaba la herida para evitar posibles infecciones. No pasó a mayores, un par chingatumadres que se convertirían en cicatrices y ya.

No nos costó encontrar la vereda de regreso y, a paso rápido, llegamos justo a tiempo. 5:00pm. Pero Charly no había llegado aún. Oscurecía. Teníamos algo de hambre, pero las dos cabañas del lugar –tienditas– estaban desiertas; cerradas y apagadas. Llegando al pueblo comeríamos algo, pensamos. Nos tiramos a descansar por allí mientras esperábamos. 5:30pm y Charly no llegaba. 5:50pm. Nada. 6:10pm. Caminamos el trecho hasta la caseta del parque donde nos habíamos registrado a la entrada para ver si nos podíamos comunicar con alguien. ¡Ja! Desierta, cerrada y apagada, también. «Chingona la seguridad al visitante» dijimos, «nos pudimos haber despeñado y ni quién se entere». Entre confundidos y enojados, evaluamos la situación –traíamos agua, buen abrigo, cigarros y la ropa ya se estaba secando– y decidimos empezar a caminar hacia la ciudad. Con suerte nos encontraríamos a alguien en el camino. A paso medio para no detenernos y perder calor; la temperatura rondaba los 0º, pero sabíamos que podía bajar mucho y rápido. Al final corrimos con algo de suerte: tras una hora de caminata en la oscuridad –no traíamos lámpara– pasó en nuestra misma dirección un coche y se detuvo. Era una pareja que aceptó, más por insistencia del taxista que buen samaritanismo, acercarnos al hostal en la ciudad. Al principio algo recelosos de unos weyes random en el camino, pero al final terminamos todos muertos de risa. Hasta que llegamos al hostal y con sólo bajarnos: ver a Charly estacionado en la acera de enfrente.

Bajé del coche aventando todo, H y la pareja sólo me vieron gritarle como poseído. Lo odiaba con toda mi alma. Él cruzaba la calle hacia mí mientras yo le gritaba todas las groserías, combinaciones y traducciones que se me ocurrían, mezclando regionalismos de los últimos meses de viaje por Chile, Argentina y Colombia, con una robusta base en mexicano fino. El chiste era asegurarme que me entendiera, pues.

– A ver hijo de toda tu puta madre, la concha de la puta que te parió, ¿dónde vergas estabas?, ¡malparido huevón! Mucha berraquera…
– Che, tranquilo, esperá –Charly me intentaba tranquilizar–, ¿están bien?
– Sí, culero, pero no por ti. ¿Dónde chingados estabas? ¡Casi nos congelamos!
– Esperá, esperá che, dame un segundo.

No me cabía en la cabeza lo cínico de este cabrón, sin moverse tomó su celular y le marcó a alguien.

– ¿Comandante? Sí. Aquí están –le decía a alguien del otro lado de la línea–. Se lo comunico. Es para ti –me dijo extendiéndome el teléfono.
– ¿Con quién chingados hablo? –pregunté tanto o más encabronado.
– Comandante Rogelio Pedrero, Fuerza Aérea Argentina. ¿Dónde se encuentra en este momento?

Me quedé de piedra. Charly lo notó y con el gesto me sugirió que pusiera atención. El comandante me pidió nuestros nombres completos y números de pasaporte. «¿No quieres también el número de mi tarjeta de crédito?» pensé. Dudé en dárselos, pero él, para darme a entender que sabía quiénes éramos, me dio los nombres completos –que pronunciar de corrido el trabalenguas holandés que H tenía por nombre, requería cierta pericia– y la fecha de nuestra última entrada al país. Al final se los di. «El helicóptero despegaba en 5 minutos a buscarlos. Suerte la suya, pibe» me dijo y pidió que le regresara el teléfono a Charly, quien tras unas palabras más, colgó.

– En cuanto el helicóptero despegue, son 2,500 dólares. Sí o sí –me dijo.

Sí, estaba impresionado, pero aún muy encabronado. Charly juraba que había estado hasta un poco antes de las 6; como no aparecíamos, la temperatura bajaba y sabía que no traíamos lámpara, había decidido ir al pueblo por ayuda. Le dije que no, que nosotros habíamos llegado a la hora acordada y él no estaba, nadie estaba. H se acercó con todas nuestras cosas a tranquilizarme. Algo más cuerdo y ya sin tantas groserías, le pedí a Charly que nos devolviera la mitad del dinero que habíamos pagado –nos había llevado, pero no traído–, y contra toda expectativa, devolviéndomela, se fue sin más.

Después de la escena en la calle, subimos al cuarto, queríamos cenar algo, pero primero echarnos un regaderazo. Había un concierto en algún pub cercano a las 9 y se nos antojaba. Estaba curándome las quemaduras cuando H me preguntó la hora desde el otro lado del cuarto –¡esa manía de no traer relojes!–, saqué el iphone, «cuarto para las 10, vamos muy tarde» y sólo escucharme, algo me supo mal. «No puede ser tan tarde.» Prendimos la tele para buscar el canal de noticias (con reloj en pantalla todo el tiempo). 8:45pm. Mierda.

La explicación más plausible que he encontrado es que el iPhone en algún momento durante la caminata consideró que estábamos en Chile y automáticamente cambió la hora sin avisar y luego se perdió y puso la que se le antojó. Eran las 2pm en Argentina, pero mi teléfono decía que era la 1pm. Perdí la señal y nunca regresó a mi hora, se quedó una hora atrás. Chin. Gada. Madre. Desde ese día, siempre que viajo, uso reloj de pulsera, que para cambiar la hora tenga que mover las manecillas yo mismo.

Epílogo

Llegamos al pub. Potable. Buena fiesta, incluido el duelo de playeras. En serio, buena fiesta. Platicábamos la historia con amigos que habíamos conocido en el hostal, cuando se acercó un tipo y muy amable me dice «Tú eres el mexicano y ella es la holandesa, ¿verdad?» No dije nada, él siguió, «Es que mi padre me contó su historia. Mi padre es Charly.» Se nos cayó la cara. El error había estado de nuestro lado (que no había sido exactamente nuestro) y ahora lo sabíamos. Le explicamos. Nos deshicimos en disculpas. Era un buen tipo y no había hecho nada mal. Pagamos la ronda de cervezas a la salud de Charly, le mandé con su hijo el dinero que me había devuelto –no quiso aceptar más.

Esto pasó en Ushuaia. Sur. Muy al sur.

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4 Comments

  1. Eres grande Beco. Me sentía ahí.

  2. Jajajaja, mil gracias mi buen! Qué gusto leerte por acá!

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  4. Pingback: Alaska – b3co

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