Es posible que nunca en mi vida haya escuchado más música mexicana –mariachi, ranchera, banda, Yuri, …– como en el autobús que me llevó ese lunes por más de seis horas los casi 300 kilómetros entre Bogotá y Puerto López. En serio, canciones que no tenía ni idea que existieran…

Ya había estado varios días en el hotel reserva Lagos de Menegua en abril, lo suficiente para tomar varias fotos épicas y conocer un poco la propiedad, la piscifactoría, los lagos, las zonas selváticas, los establos,… y regresaba con algunas fotos en mente; unas más sencillas que otras, pero la principal, tenía que ver con el increíble Lago de las Palmas, el cual pedía a gritos que entre cualesquiera dos palmeras… colgara la hamaca.

Ese día, tras mi mexicanización de seis horas, llegué a reunirme con la responsable del lugar a platicarle mi idea. La compró a la primera. Estuvimos discutiendo un rato durante la cena, la idea era sencilla: tomar un kayak del lago de al lado (a ~1km) y remar hasta las palmeras para colgar la hamaca, despegar el dron, tomar unas fotos y… listo. Todo parecía hasta cierto complejo, pero factible. Los tiempos y la luz eran –hasta ese momento– nuestras peores preocupaciones… hasta que llegó el guardabosques y nos empezó a mostrar las fotos de los caimanes del lugar, dato que ya sabíamos, pero la cereza en el pastel fue las fotos de la boa que habían visto el día anterior en la orilla del lago, así, casual.

El chiste es que el primer día, la noche nos ganó; alcanzamos a poner la hamaca y tomar un par de fotos desde el kayak, pero no pudimos cambiar lugares y preferimos dar la vuelta y dar el día por terminado para volver a intentarlo al día siguiente.

Este día ya iba solo, sólo Tino, el guardabosques, iba conmigo para ayudarme con logística. Salimos más temprano pues tenía que verificar que todo estuviera bien… y no lo estaba: el lago había crecido un medio metro y tenía que rehacer los nudos e irme con tiento para no molestar a la fauna local…

Y pum… la hamaca más chingona del planeta.