Hoy, tras un poco más de cinco años caí en cuenta lo que tras tantos recuerdos, imágenes y conversaciones había intentado negar cada comienzo de año.

No fue el no escucharle hablar de los impresionistas, o de cómo un osado francés, medio loco —cualidad muy bien llevada por muy pocos como aquel— había mandado a la mierda toda mirada u opinión ajena y se había adentrado en Tailandia a encontrarse con un nuevo mundo. Y plasmar su visión al óleo rompiendo casi cualquier regla hasta entonces dictada al respecto.

No. Tampoco me di cuenta teniendo claro que desde entonces no haya tocado ni una sola vez un tablero de ajedrez. No sé si a modo de huelga o de luto, disfrazando cual motivo hubiera sido, óxido o hastío. Tras esas tardes ya fuera en la condesa o en Valle de Bravo, cuyo hilo musical eran más bien cadenas de seda de un tal Brahms, o cañonazos ya fueran de un —otro— ruso loco apellidado Tchaikovsky o la voz de un italiano –que rompía vasos cuando cantaba en la calle– de principios de siglo. Fondo musical casi siempre acompañado por el gis e imperfecciones del acetato girando en la tornamesa. Cómo dejé de jugar en honor a aquella tarde, cuando tras meses de práctica, por fin, a costa de una concentración agotadora y más de dos horas sentado ante el tablero –esa mesa cuya tapa giraba un poco para guardar las piezas en las esquinas–, pude al fin ganarle una partida. Triunfo que es uno de los más grandes no sólo a mis entonces 14 años, sino a mis actuales 30. Esa vez con un “mijito, que tu mamá nunca escuche esta frase, pero creo que ya me diste en la madre” dos movimientos antes del mate.

No me di cuenta incluso, cuando tras imprimir la fotografía de algún paisaje a color recordara que “los cerros de lejos, mijito, fíjate bien y dime de qué color son. Fíjate y dime. No son verdes, no, ningún tono de verde. Aunque estén tupidos por árboles tupidos, el verde da lugar a otro color. ¿Grises? Puede ser, a veces pero no. No, no. Ven, mira, vamos a verlos. A ver, abre las cortinas. Cierra los ojos. ¡Ábrelos! Dime qué color ves… ¡Azules! ¡Exacto! ¡Azules! De muchos tonos, pero siempre con azul solventas el asunto de los cerros de lejos.”

El retrato de desnudos, que durante algunos años fueron su religión no han llegado a mis fotos. No. He querido hacerlo cuando pueda imprimir alguno que al verlo soltara su “paaasu mecha, mijito, ahora sí hay que brindar con un buen vino por esta foto.” Y lo cuelgue en su estudio, a un lado del retrato logarítmico de mme. Davenport.

Algún recuerdo me llegó cuando por fin abrí por libre elección carente de pretensiones, alguna obra de grandes como Camus o Hemingway. Que muchos años atrás, con un cariñoso “mijito, mejor empieza por acá” y tras recorrer cualquiera de los libreros repartidos por toda su casa, me extendiera un Conan Doyle, Verne, Saint Exúpery, Salgari o Agata Christie. “Todo a su tiempo mijito, todo a su tiempo.”

Tampoco me di cuenta del todo, cuando parado en frente de “Los Borrachos/El triunfo de Baco” en el museo del Prado, me acordé que fue el primer cuadro que me vio reconocer de un libro “mijito, esto lo festejamos! Hoy nos vamos a comer al Bocaito.” Festejo mucho más para él que para mi, pues a mis 12 años no apreciaba la diferencia de un buen filete mignon junto a un mango enchilado. Tampoco cuando mirando a los ojos a algún caballero con la mano en el pecho, le pasara los saludos que le mandaban desde Valle de Bravo desde hacía muchos, muchos años atrás.

Algunas veces, siempre esforzándome por no tenerlo presente, recordaba lo que me enseñaba de dibujo. Repetía de memoria el brazo sobre la guitarra rota de "la muerte del artista". Ese cuadro en el que dejó buena cuota de vida. Frente al que que tantas veces lo imaginé llorando la muerte de su gran amigo y coincidentemente, hermano.

Ni cada vez que me sirvo un whisky y recuerdo aquella vez que aprendí, “con sólo dos hielos. Si es de buena casta, el mismo whisky te lo agradecerá. Si no, tienes no sólo el derecho sino la obligación moral de escupirlo.” Sí, sólo dos hielos y copeteado como a él le gusta. Esa vez de bar tender a los doce lo serví, le dio un buen trago para inmediatamente después escupirlo sobre la primer maceta que encontrara y tras poder apaciguar el ataque de tos volteara con un “¿cuánta agua mineral dices que le pusiste?”, "¿agua mineral?" –pregunté–, y al entender que no contaba con mi ignorancia al respecto con sólo ver mi cara, más pálida que de costumbre, reventar a reír a carcajada abierta. “Ven. Mira. Dos hielos, un tercio de whisky —poquito porque es bendito— y lo que sobre del vaso, agua mineral, o ya de jodido —acuérdate que no hablo así ehh!— agua de la llave, al fin que bicho borracho no se acuerda cómo hacer daño.” Sí. Poquito porque es bendito.

He de decir que cuando más me costaba negarlo, cuando tenía que hacer un esfuerzo para lograrlo, era (y seguirá siendo) cuando, como a él, me entra una basurita en el ojo. Casualmente pasa casi siempre que me emociono o soy testigo de algo grandioso pues “grandeza la encuentras en todas partes mijito, sólo hay que poner atención, a veces mucha atención, pero allí puede estar, desde una buena tambora hasta cualquier sinfonía de Beethoven, desde un paisaje idílico hasta una escena en la calle.” No hay lágrimas, sólo ojos quebrándose por la pinche basurita jodida —que mi mamá nunca se entere que hablo así—, casi siempre oportuna.

No. No me di cuenta con ninguna de las situaciones anteriores.

Fue sólo hasta hoy, la última luna llena de invierno, la más grande en un par de décadas, cuando tras cinco años de negarme a pisar el pueblo que tantos veranos de mi infancia enmarca, entrando a la casa de pueblo con las macetas floreando de todos los colores, el naranjo en el patio, no me recibiera el golpe de olor a aguarrás. Eso: no olía a aguarrás. Y de allí todo se fue al diablo.

Entrar al pasillo y encontrar la primera habitación convertida desde siempre en el estudio, su atelier, como nunca antes: cerrada con llave. “A lo mejor abriéndola se arregla esto.” Pero no. Todo estaba allí, pero nada era como antes. No olía a solvente opacando el olor de la pintura o del aceite de ricino. Caballete y banco. Mesa. Cuadros colgados. Cuadros amontonados. Cuadernos y libros en orden, artificial a priori. Papeles apilados sobre un escritorio, que aunque siempre había estado allí, nunca lo había visto. La mesa de trabajo no tenía un sólo tubo de óleo, de los cientos que siempre había regados allí y en realidad, en todas partes. Los botes de pinceles estaban si no completamente vacíos, del otro lado de la habitación, donde nunca antes habrían estado, y nunca debieron de estar.

El abuelo ya no está.

En fin, después de todo, al final de los caminos que suben y bajan asegún se vaya o se venga, pasando Montealegre, a Comala llegamos todos.

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Alberto Alcocer M.M.
Valle de Bravo, domingo 20 de marzo, 2011.