El temblor fue de madrugada. No lo hubiera notado de no ser porque se cayeron un par de libros y algún cuadro cuyo marco se hizo añicos.
Tras el susto del cristal roto y ver que el edificio no tenía pinta de venírseme encima, me volví a dormir, ya limpiaría en la mañana antes de ir a la escuela.
Obvio no.
Ya sería el fin de semana.
Tampoco.
Dejé pasar el tiempo, tanto que Manuel, mi compañero de depa, se hartó, "pinche Alcocer, ya recogí los vidrios, dejé todo sobre tu escritorio. Por cierto, qué chida nota te dejó tu abuelo". "Gracias, sí, cool" o alguna cosa rápida habré dicho.
No tenía ni puta idea de qué me estaba hablando.
Entré a mi cuarto, ya medio ordenado –y no por mí– y vi los libros y el cuadro ya sin marco sobre el escritorio.
En efecto, era un abstracto que me había regalado –enmarcado– mi abuelo hacían algunos años. Tomé el lienzo para revisarlo y con calma (y cierta culpa de no haberlo recogido antes) verifiqué que no le había pasado nada. Fue cuando lo volteé y descubrí la nota que por tantos años había estado oculta debajo el marco.
Para mi querido nieto, hijo y amigo. Amiguísimo. H. Alcocer.
Y así, tantos meses después de su muerte, me derrumbé en la cama, y por fin le lloré.
Pasó un rato y apareció Manuel con dos vasos de su whisky especial, del que nunca compartía, del que guardaba lejos de la cocina y posibles asaltos nocturnos, "toma, si quieres hoy nos acabamos la botella". Y así, en silencio, él de pie desde el dintel y yo sentado en la cama, nos acabamos la botella.
Siempre recordaré eternamente agradecido ese gesto.