En algún momento de 2018, mientras un rascacielos de más de 200 metros crecía frente al East River, alguien se dio cuenta de que las cosas no estaban exactamente donde deberían estar.

No es una metáfora.

El edificio estaba chueco.

No mucho. Unos cuantos centímetros repartidos a lo largo de sesenta pisos. Suficientemente pocos para que desde la calle resulte prácticamente imposible notarlo, pero los suficientes para que cristales, elevadores, impermeabilizaciones y millones de dólares empezaran a convertirse en un problema. Un problema grave.

El edificio sigue allí, en el 161 de Maiden Lane, a unas cuadras de Wall Street. Tiene estructura, balcones, pedazos de fachada y hasta nombre —de hecho, ha tenido varios: One Seaport, 1 Seaport, Seaport Residences—, pero nunca ha tenido habitantes.

Casi una década después de empezar su construcción parece más un esqueleto de una decisión que salió mal que un rascacielos inconcluso.

Y para entender cómo acabó así hay que empezar por Manhattan.

Una isla que colecciona rascacielos

Desde hace más de cien años Nueva York juega a construir hacia arriba.

No inventó el rascacielos —ese honor normalmente se lo lleva Chicago, lo platicábamos en el viaje pasado a Nueva York, su primer rascacielos fue de 7 pisos— ni tiene ya los edificios más altos del planeta, pero Manhattan sigue siendo, de alguna forma, su capital espiritual.

Aquí están algunos de los grandes dioses de esta religión urbana: el Empire State, el Chrysler, el Woolworth.

También están sus historias más absurdas, como el Citicorp Center, un edificio que durante años escondió el pequeño detalle de que bajo ciertas condiciones de viento podía tener un problema bastante serio.

Y en las últimas dos décadas apareció una nueva especie: los supertalls, residenciales ultradelgados, esas agujas ridículamente esbeltas que cambiaron el perfil de Manhattan alrededor de Central Park y el distrito financiero.

Torres altísimas con departamentos que cuestan millones —o decenas de millones— de dólares y que en algunos casos pasan buena parte del año vacíos.

Porque para entender bien esto hay que trabajar bajo la premisa crucial de que estos edificios no son sólo arquitectura.

Son bienes raíces.

Son ingeniería.

Son símbolos de estatus.

Y, sobre todo, son instrumentos financieros de doscientos metros de altura.

En medio de esa carrera apareció un terreno minúsculo frente al East River, en el número 161 de Maiden Lane.

Fortis Property Group tenía una idea bastante sencilla: levantar allí una torre residencial tan rápido como fuera razonablemente posible (spoiler: lo rápido termina lento, si es que termina).

El problema estaría, literalmente, debajo de sus pies.

One Seaport

El proyecto era espectacular.

Una torre diseñada por Hill West Architects, de unos 670 pies —doscientos y cacho metros— y 60 pisos, levantándose desde un terreno estrechísimo junto a South Street. Los planes fueron cambiando durante el desarrollo —de ahí que distintas fuentes hablen de 80, 96 o hasta 98 departamentos—, pero la idea permanecía intacta: viviendas de lujo con vistas abiertas al East River.

Y se vendían.

Para septiembre de 2018, cuando la estructura finalmente alcanzó su altura máxima, había contratos firmados para decenas de departamentos. Una de las cifras reportadas entonces habla de 72 de 98 unidades.

Pero para entonces el edificio ya llevaba una historia bastante accidentada.

En septiembre de 2017, Juan Chonillo, trabajador de 36 años, cayó desde el piso 29 mientras trabajaba en la estructura. La ciudad paralizó las obras durante meses. Posteriormente, SSC High Rise Construction —el subcontratista de concreto— se declaró culpable de homicidio involuntario relacionado con las condiciones del accidente. OSHA también documentó violaciones graves de seguridad en la obra.

Hubo además órdenes de suspensión, problemas con el vaciado de concreto y, en febrero de 2018, un incidente en el piso 34 en el que un contenedor de concreto golpeó la estructura y derramó material hacia la calle. Poco después, Pizzarotti reemplazó al subcontratista de concreto.

Y aquí la historia se pone verdaderamente interesante.

Porque el nuevo equipo empezó a medir.

Y las cuentas no cuadraban.

7.6 centímetros.

Según la demanda que Pizzarotti presentó posteriormente contra Fortis, el edificio presentaba un asentamiento diferencial y estaba inclinado aproximadamente tres pulgadas hacia el norte.

Tres pulgadas. Tres pinches pulgadas.

En una torre de más de 200 metros parece una ridiculez (no lo es).

Y aunque los edificios altos funcionan con tolerancias diseñadas, torsión, movimiento, oscilación, fatiga; no es lo mismo aquellas que van apareciendo.

Una columna tiene que estar donde los planos dicen que estará, hoy, mañana y dentro de cincuenta años. El hueco del elevador tiene que seguir siendo vertical decenas de pisos más arriba. Las piezas de una fachada de vidrio fabricadas con medidas precisas tienen que seguir encajando unas encima de otras a la perfección.

Y esto ya no estaba garantizado.

El contratista alegó que la inclinación afectaba la instalación de la fachada, la impermeabilización y potencialmente el funcionamiento de los elevadores. Digo, sin siquiera ponernos muy exigentes.

Habían construido un rascacielos de lujo y ahora tenían que fabricar los cristales para un rascacielos de lujo que ya no tenía exactamente la forma del rascacielos que habían diseñado. Y por el precio de los departamentos, no los podían pegar con alambritos, no habría estado a la altura.

Era como la Torre de Pisa sin lo cool de la Torre de Pisa. Y además, en el ojo de un huracán mediático en la ciudad más mediática del mundo, no en un lugar donde la gente paga por ver el error estructural de hace 900 años.

El problema estaba abajo

Todo edificio tiene que llevar su peso hasta algún lugar capaz de soportarlo.

Y un rascacielos pesa un chingo.

El terreno bajo esta zona de Manhattan es particularmente interesante porque, a diferencia de la imagen popular de “Manhattan es roca”, aquí el lecho rocoso puede encontrarse bastante profundo. En el sitio se documentaron rellenos urbanos, arcillas, limos y turba antes de llegar a estratos competentes; un caso técnico del proyecto sitúa la roca aproximadamente entre 130 y 165 pies de profundidad.

La solución originalmente contemplada incluía elementos profundos que transmitieran las cargas hacia estratos resistentes.

Pero el proyecto tenía prisa y terminó empleando otra técnica: ground improvement, mejora del terreno, sobre la que se colocó una gran losa de cimentación.

Y esto es importante: esta técnica es bien conocida y documentada, no es un error por definición. Se utiliza profesionalmente en todo el mundo y, bien diseñada y ejecutada, puede soportar estructuras enormes.

El problema está en los detalles.

Pizzarotti alegó posteriormente que Fortis había escogido esa solución para ahorrar dinero y tiempo, y que la cimentación era responsable del asentamiento diferencial. Fortis respondió que el problema no era la cimentación sino errores de ejecución, supervisión y construcción por parte del contratista.

En otras palabras: el edificio estaba chueco y todos estaban de acuerdo en que estaba chueco. Y hasta aquí todos están de acuerdo. Pero en lo que no coincidía nadie, raro, era en quién tenía la culpa. O más aún, quién lo había dejado continuar cuando esto apareció. Que tuvo que haber aparecido en alguna inspección.

Y aquí empiezan los abogados

Y cuando entran los abogados todos sabemos que shit has just hit the fan.

En marzo de 2019, Pizzarotti demandó a Fortis.

Fortis contrademandó.

Entraron ingenieros, aseguradoras, contratistas, prestamistas y abogados.

Muchos abogados.

Y aparece otro detalle delicioso de la historia: aunque las demandas describían escenarios preocupantes, las evaluaciones encargadas por Fortis a Arup y WSP concluyeron que la desviación no comprometía la estabilidad estructural del edificio.

Es decir: está chueco, pero no necesariamente se va a caer.

Lo cual, siendo técnicamente tranquilizador, no parece una frase particularmente atractiva para vender departamentos de varios millones de dólares. A nadie le interesa tener que poner servilletas para calzar su mesa de billar en un balcón diseñado para disfrutar el East River.

Además, arreglar un edificio no significa solamente evitar que colapse.

Hay que terminarlo.

La fachada tiene que funcionar.

Los elevadores deben recorrer verticalmente decenas de pisos sin parecer el juego de la viborita intentar negociar geometría creativa.

El agua que tiene que quedarse afuera tiene que quedarse afuera. El agua que tiene que quedarse contenida, tiene que quedarse contenida.

Las puertas tienen que cerrar. Detalles.

Y los compradores tienen que querer vivir ahí.

Una nueva constructora llegó incluso a rediseñar partes del curtain wall para adaptarlo a la geometría existente.

Pero el edificio no se ha terminado.

El rascacielos fantasma

Desde aproximadamente 2019, el 161 Maiden Lane lleva años prácticamente congelado.

Su estructura de concreto está terminada. Algunos pisos tienen vidrio. Otros siguen desnudos. Los balcones sobresalen hacia el East River esperando a los propietarios que jamás llegaron.

En 2024 y 2025 seguía apareciendo regularmente en las listas de los proyectos varados más notorios de Nueva York, esencialmente sin cambios visibles.

Y todavía en 2026 continúa siendo un problema sin una solución evidente.

Manhattan está acostumbrada a que los edificios desaparezcan.

Se tiran.

Se reconstruyen.

Se convierten.

Se venden.

Lo extraño de 161 Maiden Lane es que urbanísticamente no pasa nada, permanece ahí; alto, delgado y en silencio frente al East River.

Una torre concebida como un producto inmobiliario de lujo que acabó convertida en un monumento involuntario a algo muchísimo más básico: que antes de llegar al cielo, hasta el rascacielos más caro tiene que resolver correctamente cómo tocar el suelo.

Ya sólo queda una moraleja que ni a ti ni a mí nos cuesta millones de dólares:

Slow is smooth, smooth is not tilted, not tilted is fast not doomed, not doomed is ok.


Llevaba varios años queriendo escribir esta historia que vi por primera vez en el twitter de Pedro Torrijos. Desde entonces he pasado por NYC un par de veces, en una ocasión incluso lo platiqué con un PhD en arquitectura, Ivan de Build Tours quien me dio más perspectiva, pero para publicarlo quería tomar una foto desde el Brooklyn Bridge Park, y fue hasta este viaje que, gracias a Maggit, lo logré.