El Delta del Okavango

La primera vez que escuché del río Okavango me lo presentaron como "un río que desemboca en el desierto" y, aunque es una descripción sumamente corta, es puntualmente precisa.

Recorre más de 1,500 kilómetros desde su nacimiento en las mesetas centrales de Angola y sigue su camino hacia el sur. En cuanto entra a Botswana –tras cruzar la delgada Franja de Caprivi, territorio de Namibia– abre su delta que, a diferencia de la mayoría de los ríos que desembocan en el mar, el Okavango se funde con el desierto del Kalahari.

Reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2014 debido a su estado natural casi intacto y la riqueza e importancia de su biodiversidad, este singular terreno pantanoso puede abarcar más de 15,000km² (en perspectiva: el estado de Querétaro, en México, cubre poco más de 11,500 km²). Sus canales, islotes y pequeños montículos son hogar de las más emblemáticas especies de animales que viven en completa libertad, protegidas por una simbiótica asociación entre habitantes, autoridades y empresas turísticas.

El viaje

En el extremo sur del delta, donde el Okavango casi termina, se encuentra la pequeña ciudad de Maun, capital turística de Botswana y sede del aeropuerto que une el delta del Okavango con el resto del mundo. Desde aquí, los vuelos en aviones monomotor son la principal vía de acceso a los diferentes campamentos de la región. "La ruta que no ocupa más de 20 minutos de vuelo, la puedes hacer –dependiendo la cantidad de agua– entre 8 y 14 horas por tierra" me explica Jess, gerente de Mombo, uno de los más famosos campamentos de la región del Delta.

Aunque los trayectos por aire son relativamente cortos –el más largo duró poco más de 40 minutos– el escenario durante todo el vuelo es un espectáculo único. La vastedad de la planicie anegada cruzada por un sinfín de canales que zigzaguean caprichosamente por el terreno, algún baobab sobresaliendo majestuoso entre los arbustos, las polvaredas que levantan las manadas de búfalos o cebras moviéndose, el fuego de incendios naturales que reclaman la lluvia que no termina de llegar o las veredas creadas por el paso de infinidad de animales que cada amanecer se acercan a cualquiera de los pozos de agua a empezar o terminar su jornada; todo esto, visto desde las alturas, puede ser una experiencia verdaderamente sobrecogedora. "Y eso que ni siquiera hemos aterrizado", escribí durante el primero de estos vuelos.

Los campamentos

La bienvenida a la llegada a cualquiera de los campamentos –o lodges– de Wilderness resume muy fácilmente una cultura abocada a una hospitalidad honesta. La mayor parte del equipo está a la entrada de cada recinto para presentarse y conocerte. "Nos encargaremos que tengan el mejor viaje posible" recuerdo que me dijeron al llegar a Mombo.

Esta cultura de hospitalidad honesta provee un lujo que no se limita a complejos turísticos especializados en lugares remotos facilitando absolutamente todas las comodidades que uno encontraría en los recintos más exclusivos de la ciudad, sino que va más allá; busca una conexión personal con cada uno de sus huéspedes, ofreciéndole acercarlo a aquello que más le interese de la región haciéndolo partícipe –no sólo espectador– de casi cualquier experiencia, esté en donde esté. Sin pasar por alto, claro, los espectaculares complejos turísticos especializados en lugares remotos facilitando absolutamente todas las comodidades que uno encontraría en la ciudad.

Los lugares de reunión son centrales en los lodges de Wilderness. Cada complejo nace de un comedor central junto a una sala de estar al lado del fuego. Cerca hay una barra que atiende presta a quienes, ya sea antes de la –obligada– siesta tras el almuerzo o ya caída la noche, se congregan para compartir las experiencias del día.

La mesa en estos campamentos es un lugar sagrado y se venera como tal en el ritual que es cada alimento. La sofisticación y exquisitez al que puede llegar cada tiempo no es algo que uno tiene en mente cuando llega a un safari, pero esta mesa nos lo presenta de forma categórica una y otra vez. Como si esto fuera poco, es la misma Naturaleza quien está a cargo del hilo musical que flota en el ambiente; puede ser algo tan sencillo como el bailar de las hojas de los árboles, pero no tarda en escucharse algún llamado de elefantes a lo lejos, el croar de los anfibios o el llamado de un águila pescadora africana.

En algunos campamentos, la distancia entre habitaciones puede ser vasta, en alguno había hasta 100 metros entre dos habitaciones. Conectadas, muchas veces, por pasarelas que navegan sobre el terreno; algunas veces están a 4 metros de altura, algunas otras caen al suelo para evitar cortar corredores naturales de la fauna local. "Estamos en un terreno que no está cercado, cualquier animal puede aparecer por aquí" es una frase a la que no estás del todo acostumbrado, pero que puede ser corroborada por hienas jugando entre sí a algunos metros del sendero en Mombo, algunos vervets y babuinos caminando entre los árboles en Jao, una familia de jabalíes pastando debajo de tu tienda y otra de elefantes cruzando entre dos habitaciones de DumaTau.

Habitación en Jao Camp

Y tras ese recorrido que puede ser un pequeño safari personal llegas a tu habitación. Algunas son de más de 150 metros cuadrados para tu uso exclusivo con, siempre, un ventanal de piso a techo que, sin importar si estás en la cama, en el escritorio, en la sala o en el jacuzzi, el humedal que rodea la zona se abre frente a ti en un espectáculo privado para tu habitación.

A Game day

El concepto de "Game" con el que se encuentra uno en safari no cabe del todo en la directa traducción a "juego" en español; se refiere al mismo tiempo a la actividad puntual de salir a la sabana y buscar (o rastrear) la vida salvaje de la región y a la vida salvaje misma. Los "game drives", "game walks", "game reserve" son los ejes de cualquier safari, siempre en busca del “big game”; el león, el elefante, la jirafa, …

Cada mañana, al salir del campamento, te espera algo completamente diferente a cualquier otra ocasión. "En la noche escuché el rugir de algunos leones por aquella zona, iremos a buscarlos" es una frase que abre el instinto de aventura en cualquiera. La ruta es un viaje en todos los sentidos. El guía se esmera, no sólo en indicar qué es cada cosa –las montañas de termitas de hasta tres metros de alto son algo que llama la atención de todos– sino en ofrecer su conocimiento para que ante todo impere la lógica y haya una verdadera comprensión en este mundo tan diferente que es la sabana africana. Lógica y comprensión que derivan en un profundo amor por esta tierra tan compleja y tan sencilla al mismo tiempo.

Pueden pasar un par de horas mientras seguimos las huellas en la arena de un grupo de leones o puede ser a la vuelta del camino, pero los ves de frente y siempre, siempre te roban el aliento. Un grupo de leonas sobre un montículo observan una manada enorme de búfalos que pastan a no más de cien metros de ellas. No se ven hambrientas, no se esconden ni a la vista ni al olfato (están en contra del viento) pero nadie se confía, esperan al menor descuido para iniciar la caza. Esta vez no atacan a los búfalos sino persiguen hacia el otro lado a un cachorro de impala que no tarda en caer. Presa fácil. Pero no hay para todos. La pelea entre miembros de la misma manada se adivina tras la polvadera que los cubre y los rugidos –y lamentos– que se escuchan. El macho se aleja del grupo con el impala en las fauces mientras el polvo cae y las leonas regresan a su montículo a esperar la siguiente oportunidad.

Es el ciclo de la vida frente a nuestros ojos. El corazón late a la expectativa y la piel se me eriza ante el espectáculo que es ver a la Naturaleza suceder.

Wilderness

Todos los campamentos de este viaje son operados por Wilderness

  1. Mombo
  2. DumaTau
  3. Jao

Estás en África. En un África que te abre las puertas y vuelca el alma para mostrarte su belleza natural en todo su esplendor. Uno puede ser verdaderamente afortunado.