El Capitán (5 min read)

Alguna vez me dijeron “estás muy chico, no le vas a entender” cuando le pregunté a un profesor por cierto libro que había escuchado mencionar sobre ajedrez y que era a su vez una novela policiaca. Tal frase, a los 14 años de quien sea, no es más que una clara invitación a conseguirlo por cualquier medio para leerlo, nomás por contreras. Cuando por fin, tras varias semanas de ahorro lo tuve en mis manos (lo tuve que comprar pues quien lo tenía no me lo prestaba por mi edad y no estaba en ninguna biblioteca a mi alcance), no me duró ni dos dias entre tareas y proyectos escolares mal logrados.

Entre Julia, César, el jugador de ajedrez y un tal caballero de Arres de cierto país que no tenía idea dónde estuviera ni geográfica ni históricamente, conocí un mundo completamente ajeno a casi cualquiera que tuviera a mi alcance.

Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta que este fue el libro que me enseñó que se puede (debe) leer por gusto, para contestarte ¿Qué habrá detrás de esa portada? ¿Por qué no le entendería? Este libro (probablemente la situación que lo enmarcó), sin cursilerías, me dio la pauta para pasar a ser un (denominado) lector adulto (por más puberto que fuera y puberteces que haya leído en aquella época).

De una u otra forma, conforme pasaban los años me fueron cayendo varios libros más del mismo autor. No todas sus novelas me gustaron, pero las que sí, me fascinaron. Uno de sus libros, creo que está hoy en día entre mis diez preferidos1.

Fue mi abuelo quien me recomendó el primer libro de su serie de novelas enmarcadas en el siglo de Oro español y tras leer todas las entregas de tal serie, caminando por el barrio de las Letras, el Paseo de la Castellana o Huertas cuando me tocó vivir Madrid pude imaginar muy fácilmente a un Quevedo honrando a un Cervantes y mentándole la madre al tal Góngora. Épocas, tanto la de oro española como la de hojalata mía, en las que muchas veces no quedaba sino batirse o pasar por una buena jarra de vino a la Taberna del Turco (o la tienda del chino).
Empezó como periodista, reportero de guerra en varios conflictos; gran relator, incursionó en la novela con la historia del maestro de algún arte noble que poco a poco caía en desuso, en alguna de sus obras intercala la novela con el trabajo periodístico. Sin ser historiador conoce al dedillo varios siglos de historia Española y su manera de disfrutarla hace que uno como lector la goce. Acerca, muchas veces, al lector a la Historia. Su trayectoria lo ha hecho parte de la RAE ocupando la letra “T”.

Sobra decir que tiene no pocos detractores, que si es copia de Eco, que si es “un Dan Brown 10% menos teto”, que si “habla de historia sin ser historiador”, que si… Aunque no estoy de acuerdo, no lo defiendo, pues además que ni soy quién, ni lo necesita. En este mundo de gustos literarios daría pie a una guerra además de inútil, completamente absurda. A mí me gusta su obra y punto.

Algo que en lo personal (sin patrioterismos baratos) me gusta, es que en muchas de sus obras, México aparece de una u otra forma, denotando casi siempre si no necesariamente abierto cariño, sí conocimiento y respeto por su gente, cultura y costumbres. Que si una frase de José Alfredo por acá, que una mentada de madre al gobierno por allá, algún Paricutín del Dr. Atl como elemento principal en una de sus novelas, etc.

El chiste es que ayer, en la FIL me lo topé en un evento de firma de autógrafos. Medio había leído que iba a estar, pero también sabía que hace cuatro años canceló de último minuto. Pensé en llevarme uno de sus libros para que si se daba el caso lo firmara, pero como diría sabiamente mi hermano quién es el pendejo que se lleva piedras al cerro? Allá encontraría el libro, no fue así1.


Más de alguna persona me había dicho que Pérez-Reverte es un mamón de miedo, “lo que uno hace por un autógrafo!” pensé en la fila. Cuando por fin me tocó pasar, entre unas y otras estuvimos unos diez minutos platicando. En serio: de lo más a gusto a pesar de las mentadas de madre que me llegaban abiertamente desde la fila detrás mio, hasta que alguien del evento se acercó y con una seña de “ya llégale wey!”, me empecé a despedir para seguir un par de minutos más. ¡Qué gran tipo! En serio.

Me caga idolatrar a la gente, y muy conscientemente no lo hago. De esta conversación, desde el rumbo que tomó, lo que pregunté, lo que contestó, lo que acotó, me quedo con verdaderas joyas. Ahora me tocó cosecharlas del gran autor, como en su momento me ha tocado cosechar enciclopedias de sabiduría de algún campesino, de mis abuelos, de algún ropavejero, del músico callejero…
En fin, cuánto pagaría por unas buenas cañas, sin prisas ni fila esperando detrás, con tanta gente. Ahora, Pérez-Reverte se ha sumado definitivamente a la lista.

Como nota para quien sepa de qué hablo, cito textual una de sus frases: “Olvido2, mi querido beco3, es tan así, tan…, porque ella sí existió”


NOTAS:
1.- Es El Pintor de Batallas, el cual, los preparados organizadores de Grupo Santillana en la FIL tuvieron a bien para mi mala suerte incluir en el catálogo, pero no en los estantes.
2.- Co-protagonista femenina de, justamente, El Pintor de Batallas.
3.- Sus firmas, que fueron en dos libros (La Tabla de Flandes y Territorio Comanche) y una libreta, fueron para “beco”.

11 thoughts on “El Capitán”

  1. Jajajaja, gracias mai!!!
    nota: cabe mencionar que una de mis copias de “El pintor de batallas” la tiene (desde hace cas 5 años) el wey del comentario #1 😛

  2. Un d’ia le pregunt’e a un amigo que qu’e podr’ia decirle uno a una persona famosa que, probablemente,hab’ia escuchado ya todos los cumplidos y cr’iticas existentes. ‘El me dijo que su t’actica era invitarles un caf’e, cosa que le hab’ia funcionado en m’as de una ocasi’on.
    Tal vez la pr’oxima vez que te lo encuentres, tal cual, ‘invitalo a tomar un par de tragos.

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