Había caminado tantas veces, de ida y vuelta por Pont Neuf, Rue Dauphine o encontrándome con ella detrás de Notre Dame,… sin estar en Paris, incluso antes de haber ido por primera vez hace casi 9 años.

Después de todo, en la historia de tantos han habido Magas, incluso, algún Rocamadour. Se han amalado noemas o se ha sido cómplice de exasperantes sustalos. Triste quien no haya dibujado bocas ajenas con el dedo, como si salieran de la propia mano, mientras se juega al cíclope ahogándose en ese breve y terrible absorber simultáneo del aliento.

Hemos, todos, creído verla jugar debajo de nuestra ventana, saltando la rayuela dibujada en el piso del patio para sólo, momentos después, darnos cuenta que ya no es ella, que es sólo la permanencia de tiempos pasados, de escapes y risas entre callejones del otro lado del mar, que nos juegan un mal paso. Un mal paso a veces ácido, y casi siempre amargo.

Pero también –y a veces es lo más importante– hemos aprendido que aunque las cosas ya están escritas, el orden de los capítulos depende sólo del lector. Del que busca. Del que persigue. El lector protagonista. Siguiendo o no el orden impuesto, el sugerido o el espontáneo. El final –esté escrito o no– puede sólo depender del que leyendo decide su versión de la historia.

Hemos estado en el lado de acá y en el lado de allá, buscando sin a veces darnos cuenta que lo que buscamos ya lo llevamos en la bolsa, perdiendo toda certeza. Todo detrás de esa gran analogía de ir dando saltos cortos sin mayor sentido e intentar, pasando el 9, llegar a ese cielo rayado en el suelo.

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Y ahora que estaba justamente en el lado de acá no podía irme sin pasar a Montparnasse a saludar a Julio Cortázar, viejo conocido.

Aunque la visita fue corta y algo apurada, encontrar la tumba nos costó un poco más de tiempo del que planeábamos (mapa en mano), al llegar a la lápida y encontrarla tal cual está me llenó de una sensación de fin, de haber terminado algo; de completar un pendiente de mi lista: el poder decirle «gracias» lo más a la cara posible.

El mármol está rayado con notas de agradecimiento, besos pintados, poemas; había algún libro, flores, conchas de mar y piedritas acomodadas que en algún momento escribían algo. Algún cigarro y en una canastita un montón de boletos de metro aunque casi todos de París, había alguno del DF. Había poca gente y no recorrimos todo el cementerio, pero de lo que alcanzamos a ver, era por mucho, una de las tumbas más vivas (sin intención de sarcasmo). Le dejé mi cajetilla de Delicados. Le hubiera dejado un hoja de papel sostenida con piedritas con un reloj de cuerda dibujado, pero me faltó tiempo (y sobre todo, saber dibujar).

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Ahora sí, me podía ir de París en paz.

¡Cuánto daría por que de este still saliera algún proyecto!

4 Comments

  1. Eugenio Robleda

    Excelente!

  2. No fui al entierro de Julio Cortázar. No estoy en la foto. En las numerosas fotos que se hicieron después de su muerte, una lluviosa mañana de febrero de 1984. (Cuántas veces, Julio, habíamos recordado juntos aquellos versos de César Vallejo: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo”)…

    …Pocos días después de la muerte de Julio, recibí la llamada telefónica del profesor argentino Jaime Alazraki; era un hombre alto, rubio, bastante afectado, e imitaba de manera casi caricaturesca los gestos y la manera de hablar de Julio, lo cual me provocó un rechazo inmediato. Tampoco tuvo suerte con lo primero que hizo: regalarme una fotografía de la tumba reciente de Julio. Una foto de la lápida.

    Cristina Peri Rossi
    http://www.edicionescalamo.es/libro/julio-cortazar-y-cris/

  3. @Susana!!!

    Entonces para esta Cristina son la serie de poemas “‘Últimos poemas para Cris”!!!!!!!! WOW!!!!!!! No sabía!

    Cuando el laberinto es más mental que mítico…

  4. Sí, y también para esa Cristina son las fotos que tomaste… anda, envíalas, seguro que de ahí sale un cuento en el que le pedirá al espíritu de Julio que explique eso de los boletos del metro

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