Sevilla ha sido históricamente centro de culturas y religiones. Bajo su sombra se han cometido un sinnúmero de crímenes auspiciados por la intolerancia, etiquetados por cualquier cantidad de fes y dogmas. Si algo podemos hoy aprender de la historia de Sevilla, es a convivir.

Una placa monumental en las orillas del Guadalquivir empieza con el mandato claro: deteneos y escuchad…

Deteneos. Hombres y mujeres que pasáis. Deteneos y escuchad.

Escuchad la voz de Sevilla, voz herida y melodiosa. La de memoria, que es también la vuestra, es judía y cristiana, musulmana y laica, joven y antigua. La humanidad entra en sus sobresaltos de luz y sombras, se recoge en esa voz para extraer del pasado fundamentos de esperanza.

Aquí como en otros sitios, se amaba y se odiaba por razones oscuras y sin razón alguna; se hacían rogativas por el sol y por la lluvia; se interpretaba la vida dando muerte, se creía ser fuerte por perseguir a los débiles, se afirmaba el honor de dios, pero también la deshonra de los hombres.

Aquí como en otros sitios, la tolerancia se impone, y lo sabéis bien vosotros, hombres y mujeres que escucháis esta voz de Sevilla. Sabéis bien que, cara al destino que os es común, nada os separa. Puesto que dios es dios, todos sois sus hijos. A sus ojos, todos los seres valen lo mismo. La verdad que invocan no es válida si a todos no los convierte en soberanos.

Ciertamente toda la vida termina en la noche, pero iluminarla es vuestra misión.

Por la Tolerancia.

Elie Wiesel.

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