En el pueblo donde crecí, a los eucaliptos se les llama ócalos. Así, con acento. Seco. Fuerte. Ócalo. Lejos de la melodiosa palabra correcta, le imprimen la fuerza intrínseca que tiene un árbol. La razón, con un encanto único y lógica hasta cierto punto correcta, es que estos árboles cuando ya son adultos, de más de metro y medio, son ócalos, sólo cuando son más pequeños es que entonces sí: son ocalitos. Y es que los árboles en esa tierra no son circunstanciales, no son sólo parte del paisaje o decoración del pueblo. No. Son compañeros. Son referencia viva. Son aliados en la conservación de caminos. Son seña limítrofe o base de una dirección , “del encino, tres casas pa’rriba”. Son herramienta y, algunos, pueden ser amigos. Los saben realmente parte de la vida.

Probablemente ese pueblo ya no exista del todo, pero le sobreviven –carentes del romanticismo de otrora– muchos de sus árboles.

La mayoría de recuerdos de mi infancia están rodeados de árboles de todo tipo. Desde los imponentes gigantes ya sin edad en los linderos del rancho, con más historias y balas en su corteza que algunos países pequeños; hasta aquellos árboles que la lejanía hizo que el pintor usara azul y no verde para darles volumen sobre el lienzo.

Lo que es cierto es que muchos de esos árboles no están allí desde siempre…

La tierra cambia, camina; crece, vira y se encoge. Y con esto se carga los caminos. Son las raíces de los árboles las que amarran la tierra al terreno. Legendarias son muchas calzadas, documentada prueba de esto. Y como quien conoce la historia tiene la ventaja de haber vivido otras vidas, quien crece calzadas asegura su camino; y mi padre lo entendió cuando en su juventud dejó la Ciudad de México para irse a vivir a la sierra de Pénjamo. Sembró calzadas. Tantas como caminos llegaran a su casa. Peleando contra la aridez de la zona; rescatando canales de riego perdidos por siglos, levantando aludes de tierra casi tan muerta como la cal y así, día a día, palmo a palmo, le ganó la batalla a un terreno que si fuera sólo por él, hubiera dado nada.

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Levantamiento a mano, de memoria señalizando los tres fresnos.
Levantamiento a mano, de memoria señalizando los tres fresnos.
Cuando se construyó la casa, las instrucciones eran muy sencillas: «la construcción tiene no sólo que respetar, sino abrazar estos tres fresnos centenarios», y el arquitecto –el abuelo de las mil profesiones– respetó con una genialidad artística, proyectando un zigzag abovedado de cantera, madera, adobe y ladrillo sobre el antiguo huerto. La sala de la casa no necesita cuadros, pues sus enormes ventanales dan a la terraza que corona al fresno más longevo de todo el terreno.

Muchas veces he jugado a imaginarme cómo se vería hace algunos siglos ese pedazo de tierra, huerto de una antigua hacienda, rebosante de árboles frutales, con alguno que otro tieso (como se les dice allá a los árboles que no dan fruto), oasis en medio de una zona árida, donde lo que más se da son arbustos; huizaches, mezquites y por ahí, perdido al pie de alguna acequia, algún sauce o jacaranda erguido orgulloso.

Al día de hoy sobreviven algunos naranjos que mi padre recuerda allí desde que era niño. La edad se les nota a flor de piel; troncos amplios y robustos, rajados por la edad y el peso de sus propias ramas, pero contra todo, haciendo ver que la edad es engañosa, cada temporada florecen y coronan. Año con año se visten de azahar y son el lugar a donde más mariposas llegan del cerro a alimentarse, y de allí levantan vuelo para recorrer todo el terreno. El espectáculo puede ser increíble. Con el tiempo, las flores de azahar dan paso a las naranjas que inundan el jardín, llegan a ser tantas, que algunos años son muchas más de las que podemos consumir ya sea partidas en gajos, acompañando tequilas, o en jugos, postres, regalos, guerras de naranjas,… hasta algún perro las llegó a preferir como juguete, antes que pelotas sin sabor. Varios de estos árboles tienen retoños cerca de sus cajetos¹, aunque ahora, contra la costumbre de transplantarlos para darle más espacio y libertad al árbol más grande, los hemos estado dejando allí para que —aunque le roben nutrientes al padre— sean éstos los que tomen, cualquier año de estos, su lugar.

Cuando se aplanó el terreno que hoy es el jardín, no fueron sólo calzadas las que se sembraron, sino tres pinares con unos 30 árboles cada uno, estratégicamente separados entre sí a medida de una hamaca de distancia (es que si esto no es tener visión, no sé qué lo sea). Y hoy, casi medio siglo después, incluso tras varias plagas del hijo’eputa gusano barrenador, allí siguen en pie, dando el fresco y retoñando cuanto pueden. Felices de recibir hamacas y arrullar la siesta de quien guste con ese tan particular arrullo que cantan sus ramas al viento.

blue 'behind' the green

a tiny but personal share of heaven

Al centro del jardín, contra cierta lógica utilitaria pero con un gran resultado paisajista, hay dos árboles especiales. Hacia el noreste, un colorín de frijolitos (rojos) quemadores, fuente de municiones para las guerras con resorteras en la infancia, una infancia en donde “si juegas y te pegan es por pendejo, ándale a llorar a otra parte (y mejora tu puntería)”, que junto al fresno al suroeste eran la portería oficial de cuanta cascarita se improvisara en la casa. Este, un fresno de unos 30 metros de alto, lo sembró mi padre cuando nací.

Los guayabos (hablamos hoy del árbol, no la puta resaca de guaro colombiano) estaban diseminados por todo el terreno, fueron mis primeros amigos. Sus ramas se amplían muy cerca de la base y eso permitía que desde muy chico me subiera con cierta facilidad a buscar el fruto más grande. Ubicaba de memoria cuáles eran los que daban guayabas rosas –mis favoritas– y cuáles amarillas. En septiembre, la tragedia de regresar a la escuela era sutilmente opacada por la temporada de los guayabos en fruto. Las cosechábamos por montones, evitando que cayeran pues no pasan más de dos días antes de que se pudran y sólo sirvan de abono.

Y aunque con diferentes ciclos y razones, casi todos los árboles mueren de pie. Puede ser por el titipuchal de años que cargan entre sus ramas, plagas o nunca falta el ocasional pero certero rayo que los descuaja en un instante; estruendo y espectáculo igualado por muy pocos. Pero aquí, aún muertos se les respeta. Algunos se convierten en muebles o herramientas, otros (generalmente los muertos por plagas) se convierten en preciosa leña, esa cuyo olor, empezando a principios de noviembre y hasta principios de marzo, desde el hogar inunda cada rincón de la casa, más si aún conserva algo de savia seca entre la veta. En esa casa, nunca, nunca hemos quemado leña que no haya sido antes árbol en el terreno.

Así se resume todo

Parafraseando a José Emilio Pacheco en “Alta Traición” cuando habla de amores a la tierra (o país) diría que aunque no amo muchas cosas que debería, daría la vida por un par de calles, tres o cuatro ríos y algunos metros cuadrados de este país. Y para mí, casi todos, tienen que ver con estos árboles.

Por más que lo vivía mi padre, tardé mucho en entenderlo: somos nuestros árboles. Y así, cuando muera, quiero que mis cenizas las esparzan bajo el tronco de algunos árboles que por tantos años me sobrevivirán; como aquella jacaranda secreta en el cerro y ese fresno del centro del jardín. Como verán: me gustan los círculos bien cerrados.


1.- el cajeto es una pequeña excavación circundando el tronco para acaparar más agua y nutrientes, es importante que esté lo más libre de yerba posible para que no le robe nada al árbol que cuida.

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4 Comments

  1. Yo Merita

    ¡Exacto!

  2. No sé exactamente todavía quién eres, en lo particular no me importa, solo sé que llevas esa magia que pocas veces logró encontrar en el ser humano y que me hace “rara” o “loca” a la vista del “resto” (hay una discusión filosófica profunda sobre por qué resto está entrecomillado) Ese detalle me hace amarte de la forma más pura que cocnozco.

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