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El sábado en el bar, cierto cigarro -no identificado- tuvo a bien apagarse en mi chamarra, mi única pinche chamarra, dejándole un agujero no despreciable al final de la manga y con ello cierto marcado encabronamiento por mi parte. Pero bueno, seguía calentando.
El problema es que hoy una serie de acontecimientos climatológicos y mediáticos (i.e. que el wey del tiempo dijera que NO iba a nevar hasta, probablemente, el fin de semana) además de la decisión de salir sin chamarra, provocaron la primera nevada de la temporada en Madrid (y la primera que me toca ver en vivo). Estábamos fumando (con un frío de su puta madre) cuando de repente me dice la locombiana «mira! está nevando!». A pesar de lo chicos y contados que eran los copos de nieve era una nevada con todas las de la ley.
Enfrente de puro local no quise sacar el penacho juntando bolas de nieve (que me hubiera tardado horas en conseguir una sola) para aventárselas al primer infeliz que viera. Pero bueno, muy discretamente y sólo para mis adentros, me emocioné. Tal emoción hubiera durado un poco más a no ser que en serio me estaba hiper-congelando, pues sólo traía un triste suéter, por lo que regresé al escritorio.
Este histórico acontecimiento (la nieve), junto con el trágico suceso del cigarro volador, hizo darme cuenta de algo terrible: tenía que ir a comprar una chamarra nueva! Pues, ¿qué dirían de mi educación si llego con una chamarra agujerada al trabajo? El problema es que no hay nada en el mundo que odie más que entrar a una pinche tienda de ropa, ya sea para comprarme ropa o acompañar a alguien. Lo odio, lo detesto, me asfixia el olor a etiquetas, me da claustrofobia, me marean los colores, me pierdo, me acosan espejos, me atacan los ganchos (bueno, a lo mejor esto último ya puede ser delirio)... Pues allá vamos.
Lo intenté. Lo juro. En serio lo intenté, entré a la primera tienda que vi de ropa, con el dinero en la mano, tragando saliva lentamente, con el firme propósito de comprarme una chamarra para ir a la oficina y evitar que mi educación fuera cuestionada... No lo logré. A los 5 minutos estaba fuera, creo que ni alcancé a ver las últimas que la señorita me estaba señalando.
Creo que extraño La Comer® pues por lo menos me podía hacer pendejo a mi mismo diciéndome que iba por chelas y casualmente podría pasar al lado de las chamarras, y cuando me sintiera agobiado, abrir una o dos chelas (con meros fines sedantes) y a volver a intentarlo, así seguro salgo con chamarra (a lo mejor de flores hawaianas o con una colcha creyendo que es una chamarra) pero saldría con algo para el frío.
Ni modo, mientras veo cómo chingados arreglo esto, iré a trabajar con el bújero del cigarro, que viéndolo bien... si no te fijas, no se nota. Al fin, se honrará una herida de batalla, que por cierto, fue batalla ganada.
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